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Un juego de niños

Publicado en Gobledia 30/09/2015

Niños. Planificamos el futuro pensando en las bases matemáticas y económicas, pero quizás estemos olvidando algo: su adaptación emocional. ¿Acaso el pensamiento y las emociones no son la base del futuro desarrollo individual y social? Visto lo visto, tenemos un problema Antiguamente la “Razón” era la característica humana por excelencia, mientras que la afectividad era tenida como sinónimo de caos, perturbación y desorden. Por eso la sociedad se ha dirigido siempre en formar la razón y en controlar las emociones. Hemos perdido la filosofía de vida. Niños… Nos empeñamos en hacerles ver la vida bajo la perspectiva de un adulto, pero olvidamos que, en este mundo imperfecto en el que vivimos y frente al cual todos nos rebelamos una y mil veces, los niños viven y se desarrollan. No nos olvidemos. Este es un mundo de adultos. Pensamos en lo que está por venir. Decidimos lo que será mejor para nosotros. Hablamos del futuro, cuando nuestro futuro, son ellos. ¿Qué es un niño? Un ser curioso que quiere crecer; con grandes ganas de aprender y una capacidad de juego increíble, pero cuya capacidad de adaptación emocional no está aún desarrollada. Se nutren de la seguridad familiar y del calor emocional de aquellos que les rodean y guían. Es decir, niños somos casi todos; salvo que lo hemos olvidado. Pongámonos serios. Hablemos del antecesor del hombre; es decir, los niños. El niño no vive los acontecimientos de su vida de un modo neutral. No es un árbol. De todas sus vivencias dependerá cualquier acto futuro; por ello, la afectividad es tan importante que contribuye a orientar la conducta hacia futuros objetivos. El ser humano presenta dos características importantes: la personalidad y el carácter. Ambas parecen similares, pero no lo son. ¿Difícil? Intentaré explicarlo y sentar un precedente. La personalidad es algo con connotaciones genéticas y congénitas. Es el conjunto de características básicas con las que venimos al mundo y sobre las cuales el entorno familiar, educacional o vivencial, influirá; modulando lo que realmente será el futuro carácter de la persona. Por otro lado, la vida afectiva es el conjunto de estados y tendencias que el individuo vive de forma propia e inmediata; que influye en toda su personalidad y conducta, especialmente en su capacidad de expresión, y que por lo general, se distribuye en términos duales como placer-dolor, alegría-tristeza, agradable-desagradable, amor-odio y atracción o rechazo entre otros. Esa posición respecto a la influencia recíproca entre afecto y conducta la llamamos trascendencia; de tal forma que una situación agradable o desagradable supone una sensación afectiva que a su vez condicionará la conducta para ulteriores encuentros. Las vivencias negativas contribuyen a que el niño presente diversos estados psicológicos y anímicos. Estos estados van desde meras inhibiciones del pensamiento con temática depresiva como el mutismo; a ideas de autolesión. También encontramos en ellos desinhibición con alegría exacerbada, o a la inversa, tristeza patológica; que incluso trascenderán en su psicomotricidad, en su expresión facial, su alimentación o el sueño. En una palabra, presentará alteraciones en su comunicatividad. Esa comunicatividad no es sino la influencia y participación de las emociones en la comunicación entre el individuo y el medio. Las actitudes de seducción, dependencia, evasión, hostilidad.., asociadas a los mecanismos defensivos del individuo, son un aspecto importante de la comunicación afectiva que estará sujeta a una variedad cualitativa y gradual en función de los diferentes grados de intensidad en que se manifieste dicha afectividad. Por ello, cuando enfocamos el desarrollo madurativo de un niño en base a sus vivencias emocionales, nos enfrentamos a situaciones de angustia que pueden originar indiferencia o frialdad afectiva respecto a sus relaciones con el mundo exterior. Dicha frialdad afectiva favorece diferentes trastornos en el carácter y personalidad del infante con una mayor incidencia en el sexo femenino, como ya demostraron los doctores Psykel y Rowan de la Academia Médica Edimburgo en 1979 y refrendado en 1989 por los doctores Wilheim y Parker de la comisión Americana de psiquiatría. Sin entrar en gran número de detalles, podemos enumerar distintos trastornos consecuencia de una alteración en la afectividad. Hallamos procesos distímicos (con humor variable e introvertidos), apatía, agitación psicomotriz, trastornos del sueño, sonambulismo, terrores nocturnos, enuresis, trastornos de la sexualidad y trastornos en la conducta (de incidencia en la percepción de la territorialidad, el plano competitivo o incluso la expresión y el deseo sexual). De igual manera nos enfrentamos a trastornos de la alimentación (entre los que nos podemos encontrar la anorexia, fenómenos obsesivos-compulsivos; o incluso procesos somáticos como la dificultad para tragar o disfagia); suponiendo un medio, consciente e inconsciente, de manipulación de su entorno. Invertir en los niños es invertir en los hombres del mañana No podemos tampoco dejar de valorar aquí las posteriores incidencias en las trastornos por dependencia; con introversión y aislamiento social, obesidad, sentimientos de auto- depreciación y culpa que derivarán, en un gran número de casos, en bulimia; y en la posible incapacidad para expresar afecto a través de las palabras (alexitimia), junto a otros trastornos de la personalidad. Como vemos, el panorama que se evidencia en el futuro carácter del niño cuya afectividad se ve alterada por las vivencias desarrolladas no es muy alentador; especialmente cuando los factores precipitantes son traumas o conflictos emocionales intensos o repetidos, con sobrecarga tensional; situaciones de abandono o indiferencia social y traumas afectivos que precipitan en una ansiedad generalizada y derivan en la pérdida de la propia identidad (egóstasis). Todo ello supone una intensa conflictividad interna; con mal control de su vida instintiva y afectiva, por lo que estará sometido a una lucha que le ocasionará constantes y penosas tensiones internas. Se rechazará a sí mismo con un sentimiento de inseguridad lo cual favorecerá una propensión a la culpabilidad y una alta disconformidad personal y social que le pondrá en manos de las “redes sociales” físicas o cibernéticas, conformando una pauta que determinará el desarrollo del futuro adulto. Este desarrollo sería del todo trágico si nadie hiciera nada por ellos, si no hubiera una mano amiga que favoreciera la percepción, en las vidas de dichos niños y jóvenes, de factores emocionales positivos. Frente a los numerosos desafíos del porvenir, la atención al desarrollo de la infancia constituye un instrumento indispensable para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz y equilibrio social que deseamos. La familia, el cariño y la educación en la tolerancia y el respeto, son vías al servicio de un desarrollo humano más armonioso y auténtico, para hacer retroceder muchas de las incomprensiones e intolerancias que, una vez adultos, muchas personas manifiestan. En una sociedad caracterizada por los progresos científicos y económicos, es imperativo que todos los que estamos investidos de alguna responsabilidad prestemos atención a los objetivos de desarrollo y soporte humano, como una estructuración de la persona y de las relaciones entre individuos, grupos, pueblos o naciones. La ayuda a aportar debe ir dirigida en la perspectiva del nacimiento de una sociedad mundial, en el núcleo del desarrollo de las personas y las comunidades. Esta ayuda debe partir en formar la creatividad y el análisis, para hacer fructificar los talentos y capacidades de de los niños, lo que implica que en el futuro, cada uno puede aprender a responsabilizarse de sí mismo y realizar su proyecto personal, dirigiéndole hacia la madurez social. En ésta perspectiva todo se ordena; ya se trate de las exigencias culturales, del conocimiento de sí mismo y de su medio ambiente, de la creación de capacidades que permitan a cada uno actuar como miembro de una familia, como ciudadano o como eje social. Evoco a este respecto la necesidad de dirigirnos a una sociedad educativa; recalcando el potencial de las actividades culturales y de entretenimiento; inculcando el gusto y el placer de aprender, fomentando la sana curiosidad del intelecto y ayudando a resaltar los valores humanos. Toda esta ayuda generada a los niños se traduce así en una evolución psicológica y humana muy valorable. Como dijo Edgar Faure (Político francés, ministro de educación, presidente de la Asamblea Nacional y miembro de la Academia Francesa en 1978), dicha ayuda se convierte en una inversión dirigida a APRENDER A CONOCER (o desarrollo de la comprensión), APRENDER A HACER (o a influir positivamente en el entorno), APRENDER A VIVIR JUNTOS y, el último pero no menos importante, APRENDER A SER. El reto que propongo desde aquí es no dejar sin explorar ninguno de los talentos enterrados en el fondo de la persona (raciocinio, imaginación, aptitudes físicas, facilidad de comunicación con los demás, carisma natural, y por encima de todo, tolerancia); y así adaptarse a los cambios de la sociedad sin por ello perder el sentido original de ayuda y desarrollo. Es un reto que empieza en la familia y se transmite a una sociedad. Esta posición me lleva a insistir en la necesidad de prestarles atención día a día, a pesar de lo cansados que estemos; en comunicarse con ellos y transmitirles el calor emocional, necesario para su desarrollo; en enseñarles a aprender a vivir juntos, conociendo mejor a los demás, su historia, sus tradiciones y su espiritualidad; y a partir de ahí, crear un espíritu nuevo que impulse la realización de proyectos comunes. No sólo crecen ellos. Los adultos crecemos a través de ellos, pues nos recuerdan el niño que aún llevamos dentro y muchas veces no hemos sabido educar. Invertir en los niños es invertir en los hombres del mañana.